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Un futuro latinoamericano: Botnia

Albérico Lecchini (Desde Estocolmo)

 

"El futuro de las plantas de celulosa está en Asia, Sudamérica y probablemente Rusia", dijo hace pocos días al diario sueco Dagens Nyether Jukka Härmäla, director general de Stora Enso, al comentar los planes de expansión de su empresa a partir de plantaciones de eucaliptos de crecimiento rápido. En la base de esa afirmación de Härmäla hay varios hechos: la región escandinava se caracteriza por altos salarios e impuestos, severas condiciones ambientales, precios de la materia prima en ascenso y largas distancias con los mercados emergentes.

En las regiones visualizadas como futuros paraísos de las plantas de celulosa, en cambio, la mano de obra todavía es barata; existe la posibilidad de expandir las plantaciones de eucaliptos sin mayores obstáculos; se pueden obtener con relativa facilidad exoneraciones de impuestos, y lo exigido localmente como barreras para impedir la contaminación ambiental es aceptable para esas firmas. De acuerdo al informe de Swedwatch, el patrón de conducta con que se manejan las empresas de celulosa es similar en todos los países donde ya tienen instaladas plantas o están por instalarse: prometen una importante creación directa e indirecta de puestos de trabajo; contaminación mínima; aporte al crecimiento del PBI nacional; aporte tecnológico y diversificación de los productos de exportación, aunque en general se trate sólo de la celulosa y no de un producto elaborado en el país, como cartón o papel fino o para periódicos. En cuanto a los puestos de trabajo prometidos, los críticos a la instalación de dichas plantas argumentan que no se cuentan los empleos que se destruyen en la agricultura, la pesca y otras actividades que ocupan u ocupaban a la población de la región. Y sospechan que las cifras sobre creación de empleo a menudo están infladas. En Suecia la industria papelera tiene una historia negra (olores hediondos, vertidos de sustancias contaminantes en los lagos de la zona y en el mar Báltico), aunque a partir de los últimos treinta años ha ido mejorando, según reconocen las propias organizaciones ecologistas. Hoy estas industrias han reducido fuertemente las emanaciones, aprovechan el 95 por ciento de la materia prima y reciclan sus desechos. La cuestión es si ese giro en su política ambiental será aplicado de igual forma en países donde los movimientos ecologistas y el poder político no cuentan con la misma fuerza y desarrollo que en Escandinavia. Stora Enso opera en Brasil desde 1994, asociada a capitales locales y al consorcio noruegobrasileño Veracruz en la firma Veracel. Posee 14 mil hectáreas, 700 de las cuales están plantadas con eucaliptos.

En el nordeste está en fase de construcción una planta de celulosa que produciría 900 mil toneladas y emplearía directamente a unas 500 personas.

Varios miles están trabajando ya en la edificación de la planta, que estaría operativa a fines de año. La empresa calcula que la celulosa generada sería la más barata del mundo por un largo período. Según denunció Swedwatch, la compra de territorio en el nordeste del país por parte de Stora Enso acarreó el desplazamiento de campesinos y de 37 de los 40 pueblos indígenas que habitaban el área. La reforma agraria que el presidente Lula prometió acelerar era esperada por los campesinos, pero la enorme adquisición de tierras por Veracel quitó esa posibilidad, por lo menos por el momento. De todas formas el Movimiento de los Sin Tierra ocupó en setiembre de 2004 uno de los terrenos de Veracel. Talaron el bosque de eucaliptos y plantaron frijoles para demostrar que los terrenos donde se estaban plantando los árboles eran perfectamente apropiados para la agricultura. También el año pasado centenares de personas invadieron otra de las plantaciones de Veracel y arrancaron las plantas jóvenes de eucaliptos. Esta especie, además de consumir enormes cantidades de agua, debe ser protegida con herbicidas y plaguicidas que eliminan todo elemento vivo perjudicial para el árbol. La aceleración del proceso de desaparición del bosque tropical es otra de las acusaciones que penden sobre esta firma.

A Veracel se la hace responsable de destruir miles de hectáreas en el nordeste con el fin de plantar eucaliptos. La empresa dice que esas acusaciones son falsas, y aduce que en realidad ha preservado cerca del 40 por ciento del terreno adquirido con bosque tropical para mantener la diversidad biológica de la región. Los enviados de Swedwatch pudieron, no obstante, comprobar sobre el terreno que el bosque tropical conservado se encuentra disperso en "islas verdes" de tan escasa dimensión que allí se hace muy difícil mantener la diversidad biológica. Según Swedwatch, los campesinos que crían cerdos han denunciado que cuando sus animales se escapan para buscar comida en las plantaciones de Veracel, luego de unos días de agonía mueren irremediablemente como consecuencia de los agrotóxicos que ingieren.

 



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