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Buenas y malas para Uruguay

Mundo Caliente

Miguel Bardesio

 

En menos de un siglo las aguas que bañan nuestras costas subirán casi medio metro. Humedales desaparecerán y serán pocas las playas. En la compleja ecuación del cambio climático, también habrán ganancias: mejores pasturas, menos heladas y escasas sequías.

El clima apenas cambió desde que se inició la revolución industrial. La temperatura se mantuvo estable en el siglo XIX, se incrementó en la primera mitad del XX, bajó nuevamente entre las década del 50 y 70, y comenzó a subir otra vez. En los últimos 100 años, se elevó en 0,6° C.

Entonces, ¿por qué tanto lío por el calentamiento global? La razón no parece ser el incremento de la temperatura mundial. Los cambios en el clima del planeta que se produjeron en el pasado fueron generados por variaciones ya sea en el ángulo de rotación de la Tierra o en su distancia con el Sol. Pero en este caso el factor "culpable" es otro: son los llamados "gases de invernadero", generados por el hombre.

Cuando la energía del Sol llega a la Tierra, buena parte rebota y vuelve al espacio. El problema ahora es que gases como el dióxido de carbono (CO2) y otros 30 más de "invernadero" -como el metano- ayudan a crear una capa en la que queda atrapado parte del calor del sol. La consecuencia directa es el calentamiento del planeta.

Debido al consumo de combustibles fósiles que contienen CO2, los niveles de este gas aumentaron exponencialmente en el aire: de 280 partes por millón antes de la revolución industrial a cerca de 380 partes por millón. Estudios hechos en lo más profundo de los hielos demuestran que las concentraciones de este gas no han sido tan altas desde hace al menos medio millón de años. Si siguiera creciendo igual, llegaríamos a tener 800 partes por millón a fines de este siglo.

Si se considera que el CO2 que ahora está emitiendo la humanidad permanecerá en la atmósfera durante 200 años al menos, librarse completamente de los altos niveles de concentración insumirá mucho tiempo.

DEBATE INTERMINABLE. La primera persona que detectó la conexión entre temperatura y actividad humana fue un científico sueco del siglo XIX llamado Svante Arrhenius. En ese momento especuló con la idea de que las emisiones de las industrias pudieran duplicar los niveles de CO2 en unos 3.000 años. En 1938, un ingeniero llamado Guy Calendar dio una charla ante la Sociedad Real de Meteorología, en la que anunció su convencimiento de que el mundo estaba calentándose. Se lo consideró un excéntrico.

Si el interés por el cambio climático fue escaso en la primera mitad del siglo XX, se convirtió en inexistente en la segunda mitad y con razón, porque el mundo se estaba enfriando. Lo que sucedió entonces también tiene que ver con el ser humano y sus emisiones; el sulfuro y otras partículas hacían que la luz solar rebotara antes de llegar a la Tierra. A fines del siglo XX, los esfuerzos por controlar la emisión de estos gases habían dado resultado.

Y el mundo comenzó a calentarse nuevamente. Así nació la preocupación que terminaría convirtiéndose en una de las más grandes discusiones de nuestro tiempo.

El debate involucra a científicos, economistas, políticos y a cualquier persona interesada en el futuro del planeta. Y las discusiones abundan en todos los campos. Pero en lo profundo de tal debate yace una realidad complicada: nadie sabe con seguridad qué está pasando con el clima. Predecir qué sucederá dentro de 100 años, basándose en modelos, es complicado y a veces incierto. Muchas veces los datos de algunas investigaciones contradicen a otras igual de serias. Mientras que un glaciar se achica, otro se extiende.

La Organización de Naciones Unidas intentó contener el debate, para lo cual creó un Panel Intergubernamental de Cambio Climático. Pero la incertidumbre continúa: su último reporte determina un amplio rango de aumentos de temperatura para fines de este siglo, entre 1.4° C y 5.8° C.

A pesar de todo, y desde que el reporte vio la luz, cinco años atrás, la ciencia ha comenzado a confirmar la idea de que algo serio está pasando. En los años 90 los datos satelitales en materia de aumento de temperatura parecieron contradecir los terrestres. La disparidad descolocó a los investigadores e incentivó el escepticismo sobre el tema. Finalmente se supo que los datos satelitales eran erróneos; modificados, ahora demuestran que los que se tomaron en la tierra estaban bien y que nos estamos calentando. Algunas comprobaciones ya no son discutidas: el hielo del Mar Artico se está derritiendo demasiado rápidamente, a un ritmo del 9% de su superficie total en una sola década. Los glaciares siguen el mismo proceso.

EL CAMBIO DE ARRIBA. El debate multimediático sobre el calentamiento global podrá parecer lejano al pequeño Uruguay, pero las consecuencias de un cambio de esta magnitud afectarán a países grandes y pequeños, pobres y ricos, casi por igual. En el caso de esta porción de tierra, los expertos nacionales prevén que se convertirá en un país más cálido, con mayor ocurrencia de lluvias, sobre todo en primavera y verano, habrá menos heladas y una crecida en el nivel del mar que pondrá en riesgo de desaparición algunas zonas costeras, como los humedales del río Santa Lucía o las playas más bajas. Así será Uruguay en los próximos años debido al cambio climático, fenómeno global en cuyo reparto de culpas el país está casi último, porque emite menos gases contaminantes de los que captura vía forestación y bosques naturales. Dicho en criollo, la calor le cayó de arriba.

Y es que gran parte de estos cambios ya están instalados en el país. Mario Bidegain, de la Unidad de Meteorología de Facultad de Ciencias, dijo que en los últimos 100 años la temperatura promedio en Uruguay subió 1 grado centígrado. Las lluvias, a pesar de los años de sequía, son entre un 20% y 30% mayores que un siglo atrás. Y el nivel del mar creció 11 centímetros respecto a 1902, según el oceanógrafo Gustavo Nagy.

Bidegain, Nagy y otros expertos elaboraron el año pasado un informe de perspectiva titulado "Escenarios climáticos futuros para Uruguay". En 2020, la temperatura aumentará entre 0,3 y 0,5 grados, para 2050 subirá entre 1 y 1,8 grados y en 2080, de 1,5 a 3. De cumplirse este último extremo, a fines de este siglo se estaría ante un país más parecido a Colombia o Venezuela (tropical, húmedo) que al recuerdo del Uruguay "templado".

Sin embargo, esto solo ocurrirá si el mundo no hace nada contra el cambio climático, pues el estudio basó las variaciones de pronóstico para distintas posibilidades de crecimiento o no de la emisión de gases de efecto invernadero. Las temperaturas más altas corresponden a un incremento en la quema de petróleo del 320% de 2000 a 2100; o sea, si todo siguiera igual: economías y población en alza y petróleo como principal fuente de energía.

"Si eso pasa, habría un aumento de temperatura de 6 grados en 2100, lo que es un disparate", dijo Bidegain, aunque reconoció que es poco probable, porque nomás por obligación (el petróleo se termina), el mundo debe renovar sus fuentes.

En cuanto a las lluvias, los incrementos serán del 2,5% en 2020, 4% en 2050 y hasta un 7% en 2080. El nivel del mar crecería en 2020 entre 4 y 8 centímetros, en 2050 de 12 a 18 y para 2100 el nivel sería entre 24 a 42 centímetros mayor que el actual. Varios años antes habrían desaparecido los humedales en la desembocadura del río Santa Lucía, al igual que las playas más bajas. En cuanto a estas últimas, todas perderían arena. 2080, de 1,5 a 3.

ARRIBA EL AGUA. En marzo de 2002, Ted Scambos -un investigador de la Universidad de Colorado- estaba examinando imágenes de un satélite de la NASA cuando advirtió que algo raro estaba pasando en la barrera de hielo Larsen B (una porción flotante de un glaciar) ubicada en la Antártida. Scambos alertó al British Antartic Survey, que entonces mandó un barco a la zona. Mientras tanto, un experto en glaciares argentino basado en la Antártida, Pedro Skvarca, voló sobre la barrera. Así se registró fotográficamente por primera vez el colapso de una gran barrera de hielo antártico.

La mayor parte del hielo en el Artico está formado por agua de mar; por eso, cuando se derrite, el nivel del océano no cambia demasiado. En cambio, el hielo de la Antártida y de Groenlandia está en su mayoría ubicado sobre tierra. La capa de hielo de Groenlandia tiene 3 kilómetros de espesor, mientras que la de la Antártida llega a 4.2. Si se derritiera todo el hielo de Groenlandia, el nivel de los mares se alzaría en unos siete metros; si fueran los hielos de la Antártida occidental los que se derritieran, esto agregaría otros seis metros y si también los de la Antártida oriental lo hiciera, el mar subirían 70 metros. Con tan sólo un metro más de aguas, el 17% de las tierras de Bangladesh quedaría inundado, además de generarse serios problemas para ciudades costeras tales como Londres y Nueva York.

Hasta hace unos 13 años toda la información sobre el nivel de los océanos se tomaba a mano, con los consecuentes errores. Desde 1992, en cambio, las mediciones se realizan con satélites. Estas sugieren que el nivel de los mares está subiendo unos 3 milímetros por año. Hay dos razones para tal crecimiento: una es que el agua se expande a medida que se calienta y la otra es que los hielos se derriten.

MÁS PRODUCCION. De todas maneras, no todas las repercusiones serán negativas. Si a las lluvias más intensas en primavera y verano se suma que habrá menos heladas, y si las temperaturas mínimas suben, habrá por lo menos un ganador en este cambio de reglas: la producción agropecuaria.

El Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias (INIA) elaboró con otras organizaciones de Argentina y Brasil el estudio "Cambio climático en Uruguay y la región". Al comparar los datos desde 1930 a 2000, la investigación concluyó que la temperatura mínima media subió 1,5 grados y la máxima promedio bajó 0,5 grados. A la vez, estableció que hubo unos 10 episodios de helada menos en 2000 que en 1930.

¿Qué significa? Agustín Giménez, de la Unidad de Agroclima del INIA, evaluó como "positivo" el impacto para la producción agropecuaria. "Que haya más lluvia en las épocas más secas, como primavera y verano y que la temperatura mínima sea mayor, permite un mejor desarrollo de los vegetales, ya sea las plantaciones o la pastura para el ganado", dijo. Con todo, hay una alarma. Mayor temperatura y humedad crean un ambiente ideal para el crecimiento de plagas y parásitos. "Hay que estar preparados", agregó Giménez.

Lo "bueno" del cambio climático es su lentitud, los grados se mueven de a décimas por décadas, lo que da tiempo a la adaptación. "Muchas de estas cosas ya están pasando y la gente se va acostumbrando", dijo Giménez.

Por estos días, el INIA y la Unidad de Meteorología de Facultad de Ciencias se aprestan a iniciar una investigación sobre el impacto del cambio climático en las pasturas, clave del crecimiento ganadero. El objetivo es saber qué tan nutritivas serán a una temperatura mayor.

ECHÁLE LA CULPA A…Uruguay será más cálido, tendrá más lluvias y menos playas, pero en gran parte no será su culpa. De acuerdo a la última medición, del año 2000, el país captura más gases de efecto invernadero que los que emite. En ese año, se liberaron a la atmósfera unas 5.518.000 toneladas de dióxido de carbono, fundamentalmente del sector energético (93%). Sin embargo, el sector forestal (los árboles se alimentan de dióxido de carbono) capturaron 9.227.000, o sea que su influencia en el calentamiento global es negativa.

Santos agregó que esta misma tendencia se ha mantenido en los años siguientes. Ahora se están corrigiendo los datos correspondientes a 2002 y en ellos hay inclusive una profundización de la captura, adelantó. Hay que considerar que las plantaciones forestales crecieron y la producción energética seguramente bajó en 2002 como consecuencia de la crisis económica.

La atmósfera, sin embargo, no tiene fronteras y como desde tiempos bíblicos, en este mundo pagan justos por pecadores.

Eternos círculos viciosos

La exagerada complejidad del clima, y la dificultad para predecir qué sucederá con él, tiene su base en las "curvas de retroalimentación". Las principales son:

ALBEDO: es la tendencia a reflejar antes que a absorber luz. Las áreas claras reflejan mejor la luz de sol, mientras que las oscuras la absorben; por eso, a medida que el hielo se derrite el albedo de la Tierra disminuye. El mundo absorbe más energía y se calienta más.

ABSORCIÓN OCEÁNICA. El mar absorbe CO2. Las aguas frías absorben aún más que las cálidas, de manera que si las aguas en general se siguen calentando absorberán cada vez menos dióxido de carbono, que entonces quedará en la atmósfera.

RESPIRACIÓN DE LOS SUELOS. Los suelos emiten CO2. El calentamiento podría conducir a un aumento exponencial de la actividad microbiana, que a su vez haría que las emisiones se incrementaran por encima del límite que puede absorber la vegetación.

NUBES. Richard Lindzen, del Instituto de Tecnología de Massachussets (MIT), que aún sigue dudando de que el cambio climático sea un problema, sostiene la tesis que él denomina del "efecto iris". Igual que el iris del ojo se cierra cuando se enfrenta a una luz brillante, en un mundo más cálido se produciría más vapor de agua que a su vez formaría más nubes, que son las que se encargan de bloquear la luz solar. Otros, en cambio, argumentan que las nubes lo único que harían sería atrapar el calor.

El negocio de los bonos

Uruguay ratificó en 1994 la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y en 2000 hizo lo mismo con el Protocolo de Kyoto. Lo primero implicó el compromiso de medir las emisiones de gases contaminantes y la previsión de elaborar un programa de adaptación al cambio climático y lo segundo puso al país en las puertas del incipiente, pero multimillonario, mercado de certificados de carbono.

El Protocolo de Kyoto obliga a los países desarrollados (menos Estados Unidos, que no lo ratificó) a reducir sus emisiones de gases contaminantes, sobre todo de dióxido de carbono producto de la quema de derivados de petróleo. Si un país necesita emitir más, debe comprar un certificado de carbono o bono verde.

A su vez, los bonos verdes se otorgan a aquellos emprendimientos que producen energía con recursos renovables o que capturan gases contaminantes bajo lo que se conoce como mecanismo de desarrollo limpio (MDL). En Uruguay, hay dos proyectos MDL aprobados: la captura y quema de biogás en el relleno sanitario de Montevideo, que está pronto para operar -solo falta que venga la financiación del Banco Mundial- y una sustitución parcial de combustible por cáscara de arroz en la producción de cemento de la Compañía Uruguaya de Cementos y Portland.

Una decena de proyectos están en distintas etapas de negociación, explicó Luis Santos, coordinador de la Unidad de Cambio Climático del Ministerio de Vivienda.

Una vez aprobados por la autoridad nacional y por Naciones Unidas, los proyectos reciben los bonos verdes que podrán vender en el mercado. Cada tonelada de dióxido de carbono que ahorra la iniciativa, se puede vender a un precio de entre 5 y 8 dólares. El relleno de Montevideo, por ejemplo, ahorrará a la atmósfera unas 240.000 toneladas anuales de gases contaminantes, lo que dejaría una ganancia de U$S 1,2 millones, al menos. En total, Santos calculó que Uruguay podría hacerse unos 100.000 millones de dólares en bonos verdes si se suman todas las posibles reducciones en diversas ramas.

A nivel mundial, se calcula que el mercado de los bonos verdes moverá unos 10.000 millones de dólares en 2007. Hasta ahora, y en todo el mundo, hay 297 proyectos MDL.

 

Publicado en el diario El País de Montevideo, el 24/9/2006. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.



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